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Gerardo Curiá
Argentina
Quebrado azul
a Alejandro Mendez Casariego
En el falo mayor de Buenos Aires
se quiebra el azul en arcoiris grises
que tocan a un hombre del insomnio
a la altura del asfalto sucio,
allí,
donde la sombra carga su soledad
como una astilla de carozo
condenado en el centro
de su propia existencia,
y el color se vuelve plomo, herida,
y el viento arrastra
esa humedad de barro.
Figura trasnochada
junto a mendigos que duermen
y el sol que amanece en gorriones de polvo,
silueta de edificios.
Quebrado azul
y la calle ancha
camina hacia el lejano puente
que atraviesa el Riachuelo,
en el límite último de las fábricas secas
donde viven las ratas
y el silencio es un chirrido de óxido
en el hierro de la máquina quieta.
Y el azul quebrado
penetra en los ojos del alma
donde reside la memoria de los muertos
con sus huesos como flores de luto
con su polen de miedo.
Y en la última esquina
el azul se quiebra en rojos
hacia el tórax,
metal en la entraña.
Asesinos con quince pesos en la mano.
Quebrado azul,
y más allá,
sobre la línea del sur y del oeste,
hacia el agua cae la calle,
el cuerpo endurecido de golpes de la noche,
hacia el negro del río.
En la costa gritan eriales cancerberos.
Azul,
azul quebrado,
y el cuerpo flota
hasta ahogarse en la basura
y dejarse arrastrar por los desechos
Azul,
Azul quebrado, Buenos Aires,
justo en la médula
que trama el abandono
su exquisito desconsuelo,
donde te mirás la tristeza
con tus piernas abiertas
y tu húmedo pubis de borrasca infinita,
puta ciudad de la agonía.
Azul,
quebrado azul.
De su libro ¨Quebrado azul¨ 2004.
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